La reacción aumenta porque los imperialistas retroceden

La reacción aumenta porque los imperialistas retroceden

En tiempos tan convulsos como los actuales, es necesario tomar distancia para ganar perspectiva. Esta necesidad es aún más urgente cuando gran parte de la izquierda reformista e institucional —incluso la más «izquierdista»—, agotado su ciclo, parece sumida en el derrotismo, repitiendo como un mantra que asistimos a una larga ofensiva de la ultraderecha, sin ser capaz de ofrecer ninguna perspectiva real de lucha a las fuerzas populares1.

Lo más sorprendente es que este análisis sitúa el auge reaccionario principalmente en la censura y persecución exclusivamente contra los movimientos sobre identidad individual —denuncia que compartimos—, mientras resta importancia a la ofensiva generalizada de gobiernos de todo signo y a las sanciones contra el liderazgo ruso y chino de los BRICS hasta su cercamiento militar. Estos países son hoy motores e inspiración de una nueva oleada de luchas de liberación nacional y desarrollo soberanista, como las que recorren el Sahel africano o el Donbass. Frente a esto, la intelectualidad postmoderna insiste en reconstruir la izquierda desde los centros universitarios, aumentando el divorcio entre la vanguardia y la clase obrera, y dando lugar a organizaciones con cuadros abierta o veladamente clasistas que actúan en nombre de la clase obrera, pero sin ella, en una suerte de despotismo ilustrado progresista.

La razón convence, pero solo la fuerza es capaz de vencer

Estos sectores oportunistas a menudo centran su actividad en las universidades, en debates centrados en la deconstrucción de las formas de dominación (lingüística, psicología, etc), en lugar de centrarse en el objeto de éstas: la explotación de la clase obrera, a la que solo le hace falta conciencia y organización para liberarse a ella misma y con ello al mundo.

La intelligentsia de la izquierda dominante tampoco contribuye a corregir los defectos que lastran a muchos movimientos espontáneos de masas. Un ejemplo claro es el humanitarismo y el culto a la no-violencia en sectores de la solidaridad con Palestina, donde se equipara la violencia genocida del opresor con la legítima violencia liberadora del oprimido, proponiendo siempre «diálogo» o «vías diplomáticas» que en más de 75 años no han servido para nada.

Lo que no entienden es que toda liberación implica una lucha, y que ésta solo se gana cuando la correlación de fuerzas es favorable. Se trata de vencer por la fuerza al enemigo, de doblegar su voluntad e instaurar un nuevo orden que extinga las condiciones que hicieron posible la existencia de dicho enemigo. ¿Significa esto que la razón y el entendimiento son inútiles? Al contrario, son esenciales, pero no dirigidos al enemigo, sino a nuestra clase y a nuestros aliados. A nuestra clase y a nuestros aliados, porque muchos de ellos son honestos, pero mantienen ideas equivocadas o ingenuas sobre cómo alcanzar la victoria; aún confían en las instituciones del Estado burgués o creen que pueden esquivarlo sin derramar sangre. Una ilusión que, pensándolo bien, también comparte una parte de nuestra clase.

Quiénes son los amigos y quiénes los enemigos

Para lograr la victoria, incluso con muchos de esos oportunistas y sus bases, es necesario debatir. Sus errores no son muy distintos de los de amplios sectores de nuestra clase: se adhieren a causas justas, pero bajo la ideología dominante anticomunista y humanitarista. Ideológicamente, la distancia entre ellos y el marxismo es abismal, pero su posición en la cadena de explotación —con riesgo de proletarización— y su participación en luchas democráticas los acercan a nosotros en la práctica. Además, en una relación de fuerzas, muchos pueden ser ganados para ciertas luchas, y algunos incluso para todas ellas. Así, no debemos confundirlos jamás con el enemigo.

El enemigo, a diferencia de nuestra clase y de estos «amigos oportunistas», no explota por error. Como en la fábula del “Escorpión y la rana”, es su condición de clase: su mecanismo de existencia es la explotación asalariada, y la competencia lo empuja a acumular más y más. Y cuanto más lejos de las metrópolis con tradición de lucha obrera, mayores son las atrocidades que comete (jornadas interminables, semiesclavitud, matanzas, genocidios). Las mejores condiciones de vida en Occidente no son una concesión suya, sino el resultado de luchas históricas que no les permitieron imponer aquí lo que imponen allí. Por eso, la reconciliación entre clases es imposible.

Si la victoria reside más en la fuerza —que la parte débil debe compensar con superioridad numérica— que en el convencimiento —dirigido a crecer en número nuestras filas—, los revolucionarios debemos evitar desviaciones dogmático-moralistas o maximalistas. Como demuestra la historia de nuestro movimiento, éstas solo sirven para aislarnos, desviar el blanco principal hacia aliados o fuerzas que combaten al mismo enemigo, y empujarlas a un choque prematuro. Como decía Mao, la cuestión principal para la victoria es distinguir con claridad entre amigos y enemigos.

Un ejemplo concreto de esta desviación lo vemos en organizaciones con larga trayectoria, como el KKE, que con su «teoría de la pirámide imperialista» llega a defender al Estado nazifascista ucraniano —al servicio del imperialismo— contra Rusia, al considerar erróneamente la Operación Militar Especial como una guerra de expansión imperialista. Así, distraen a las fuerzas revolucionarias del enemigo principal —el imperialismo atlantista de EEUU-UE-UK y sus guerras proxy—, haciéndonos creer que la mayor amenaza es Rusia.

No vamos a negar que defender el papel internacional de un régimen anticomunista y reaccionario como el ruso es incómodo2. Pero ya sabemos que «la guerra hace extraños compañeros de cama», tan incómodos para Stalin como para Truman y Churchill cuando se aliaron entre sí contra el nazifascismo. Un ejemplo más actual —y aún más incómodo— es la alianza con Irán y el Eje de la Resistencia. Además, en estas situaciones, los regímenes reaccionarios se ven obligados a hacer concesiones a las clases populares para ganar su apoyo, cediendo en parte de su programa. En definitiva, si tenemos claro que el enemigo principal es el eje EEUU-UE-UK, la mayor garantía de vencerlos es unir contra él todo lo unible, desde la derecha hasta la izquierda.

Ofensiva reaccionaria y avance revolucionario

Desde una perspectiva espacial, la reacción avanza en los centros imperialistas (EEUU, UK y la UE), pero para el resto de la Humanidad el avance de las luchas populares, aunque lento, es continuado. En el seno del movimiento antiimperialista es crucial distinguir entre los antiimperialistas y el antiimperialismo, así como entre los imperialistas y el imperialismo.

El imperialismo es la fase superior del capitalismo, que da lugar a estados monopolistas. Desde 1870, con Gran Bretaña como primer estado imperialista, el reparto del mundo ha ido cambiando hasta que, tras dos guerras mundiales, EEUU emergió como hegemón indiscutible. Pero su declive se ha acelerado desde la aparición de los BRICS3 y las nuevas oleadas de liberación en América y África.

La reacción avanza porque el imperialismo, consciente de su retroceso, se vuelve más peligroso y violento allí donde no puede permitir nuevas resistencias: en su propio centro. No puede permitir que las clases medias y la aristocracia obrera, en proceso de empobrecimiento y proletarización, tomen ejemplo de los pueblos que se liberan de nuestro enemigo de clase común.

También avanza la solidaridad antiimperialista, especialmente tras la última escalada del genocidio sionista. Pero del mismo modo que la derrota de Israel no resolverá por sí sola el problema palestino4, el imperialismo solo puede ser superado con la organización de la revolución socialista en cada país y mediante el internacionalismo. Para acabar con el imperialismo, hay que acabar con las condiciones materiales que lo engendran: un mundo donde la riqueza social es gestionada privadamente bajo la lógica de la acumulación en cada vez menos manos (concentración).

1 Por ejemplo, cuando Alberto Toscano y Pablo Iglesias hablan sobre el «fascismo preventivo» de forma aislada, sin relacionarlo con el empuje de los BRICS ni con las luchas de liberación nacional.

2 Si bien el régimen occidental es todavía más anticomunista y reaccionario.

3 Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica

4 Porque otros imperialistas regionales como las monarquías árabes conservadoras pueden ocupar perfectamente su papel.

Marc Ruiz Pons
Estudiant de Geografia i Història (UNED)
Militant comunista